El teléfono también era nuestro, nuestros impuestos pagaron la instalación de las redes teléfónicas, ¿verdad, Don Carlos? Platicaba vía telefónica con un amigo odontólogo que decidió -como muchos de mis amigos- emigrar del país: las llamadas de larga distancia desde los Estados Unidos son muchísimo más baratas que las largas distancias que uno realiza desde este maravilloso paraíso.
Nuestra plática tenía que ver con los sindicatos que, mi amigo afirmaba, sangraban los bolsillos de quienes pagamos impuestos. Yo le aclaré que, por lo menos en los sindicatos (como el del IMSS, por ejemplo) los mexicanos sabíamos que nuestro dinero se iba al bolsillo de otros mexicanos (holgazanes, tal vez; inhumanos, tal vez) pero mexicanos que cumplían con su jornada laboral y así, el 50% del dinero que entraba al IMSS, se iba a la bolsa de quienes hacen su agosto, y el resto a las arcas de lo poco que nos queda de país.
Mi comentario tenía que ver con las maravillosas conseciones que Calderón está repartiendo a ciertos empresarios (el agua potable en ciudad Juárez, por ejemplo), entonces sí… sé que el 10% de lo que aportamos por un servicio, llega a los bolsillos de los empleados sindicalizados y el 90% al empresario a quien se le otorgó la conseción. Todo sin que el servicio cambie un ápice.
Tenemos el mismo pésimo servicio (o peor), a un precio mayor, cuyos rendimientos terminan en las arcas de unas cuantas familias que viven de sangrar a México y nos tratan como si nos hicieran un favor (no como si eso que le exprimen a la tierra sea nuestro y -como mexicanos- nos corresponda por derecho-).
El “servicio” o “prestación” en el momento de ser consecionado, se convierte en un negocio, es decir: el beneficio a la comunidad ya no interesa. Que tengan el “servicio” únicamente los que puedan pagar por él, porque, paradójicamente el “servicio” ha dejado de ser de todos.
Yo prefiero que -si de cualquier modo nos van a sangrar- pues nos sangren nuestros compatriotas y no un sólo empresario que se aposenta a costa de una “institución gubernamental”, utiliza al personal cuyos sueldos se pagan con nuestros impuestos, y siente que algo tan natural como el agua, es una propiedad privada, un “producto”, faltaba más.
Ah, mi plática concluye con un “tengo la oportunidad pero yo no me voy de aquí, óyelo bien, este país es mío”.
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