El acelerado ritmo de hoy

Mauricio Torres

México, DF (1984). Periodista. Estudió en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde desde 2005 ha sido asistente de profesor. Fue corresponsal de la revista electrónica Terra Magazine Latinoamérica, para la que reporteó temas de política, economía y sociedad. Durante tres años, de diciembre de 2006 al mismo mes de 2009, se desempeñó en la sección de Opinión del diario El Universal, en la que fue coeditor y colaboró en el blog e-joven. Actualmente labora en Grupo Editorial Expansión. Adicto al trabajo, obsesivo de la información y ocioso del lenguaje, sus textos pueden consultarse en el sitio mautorresc.blogspot.com.

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Para la profesora Toibe Shoijet, a la memoria de Hersh Cimet.
Solemos andar de prisa, envueltos en el trajín de cada día. Narro mi caso únicamente para ilustrar, no por algún afán victimista.

Invariablemente el inicio de la jornada me conduce a la computadora, en la que reviso, contesto y envío correos. También, tanto por costumbre como por obligación, veo dos o tres páginas web de noticias, repaso la agenda, enumero pendientes que intento jerarquizar, fallidamente trato de huir de Facebook y recuerdo que tengo trabajo por adelantar.

Después de hora y media me pongo los tenis y salgo a correr, uno de mis hábitos más relajantes de todo el día. De regreso, paso por el periódico, entro en casa, hago el quehacer que pueda (usualmente, sólo el que más urge), me doy un duchazo y parto hacia la redacción.

De camino busco un espacio para leer, para pensar en lo que debo terminar, para imaginar algún tema que desarrollar. Ya en el trabajo las labores me absorben: buscar notas, proponer, investigar, redactar, cabecear, ante todo, aprender. Mi turno concluye entre las 9:00 y las 10:00 pero, como saben mis colegas por experiencia propia, eso no significa que la chamba se acabe ahí.

En casa, la computadora me vuelve a llamar. Y con ella, los pendientes rezagados, otras actividades, otros hábitos (como escribir estos dardos, por ejemplo). Tal faena se prolonga hasta la 1:00 o las 2:00, cuando me dirijo a la cama a divagar, a dormir y a recuperar energías antes de comenzar el ciclo otra vez a la mañana siguiente.

Este recuento, insisto, no lleva el sello de la autocompasión. Por el contrario, me gusta vivir así, a la carrera. Eso me da cierta sensación de utilidad, de hacer mucho. Lo que me frustra, sin embargo, como quizá le suceda a mucha gente, es no saber encontrar la forma de hacer más ni de brindarme las pausas necesarias para reflexionar sobre mi vida, para planear, para valorar lo que tengo, para convivir con las personas que quiero.

La velocidad de estos tiempos nos arrastra a tal grado que una de las tesis del filósofo francés Giles Lipovetsky demuestra su acierto a cada paso que damos: nos desenvolvemos en un “imperio de lo efímero”, aquel en el que todo —las mercancías en general, la comida, las películas, las canciones, los traslados, incluso las relaciones personales— parece estar creado para durar poco o caer en el olvido si desafía esa lógica.

Internet es una muestra de esa vertiginosidad. Piense en un mensaje en Facebook o en Twitter, que queda guardado en el ciberespacio pero cuya vigencia o actualidad puede apenas rozar los segundos, hasta que otro u otros usuarios postean algo más.
Bien sé que mis alegatos no cambiarán la realidad antes descrita ni pretenden hacerlo. También soy consciente de que no me acercarán un ápice a tener el anhelado día de 36 horas con el cual juego bromas a mis conocidos.

Lo que quiero sostener es que aunque el tren del mundo no se pare ni disminuya su ritmo, somos nosotros quienes sí podemos elegir bajarnos de él al menos por un momento para dar prioridad a lo importante sobre lo urgente: la familia, la pareja, los amigos, alguien que necesite ayuda o consuelo, nuestros proyectos de vida.

Por supuesto, no digo que esto sea sencillo. Mi comportamiento habitual, lo confieso, no suele apegarse a esa premisa. No obstante, creo que es posible que todos tomemos cierta distancia respecto de las prisas a fin de recuperar un contacto humano con nosotros mismos y con quienes nos rodean. Si la vida, como dicen, es demasiado corta, entonces disfrutémosla. Y hagámoslo en serio.


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