A lo largo de mi vida he conocido muchas bicicletas, la que menos me atrajo fue esa que le llaman de turismo, una con grandes llantas de rodada 28, siempre la encontré en ambientes de trabajo, como el abonero de la colonia, llevaba su mazo de tarjetas amarillas amarradas con una liga gruesa, y el lápiz bicolor en la oreja, ahí, apuntaba las cuentas de cada cliente, en los porta bultos de la bici amarraba la mercancia como colchas de colores chillantes junto con la tina de plástico para bañar al bebé o la cubeta de lámina galbanizada, sin faltar las medidas de seguridad, una bola de tela arriba del tobillo derecho, sujeta por el calcetín que generalmente era, al igual que las colchas, de chillantes colores, esto para que el pantalón no fuera rasgado por la cadena y la estrella de la bici.
El antiguo lechero con uniforme blanco oscuro, también la uso, él, acondicionaba botes de 25 litros llenos de leche bautizada al lado de cada llanta y tocaba la corneta de bombita de hule negro en la puerta de las vecindades, servía el litro de leche en la olla de peltre azul, a la seño de la casa.
Conocí a un afilador, quien muy orgulloso me mostraba su bicicleta vieja, oxidada, sin adornos, también de turismo, solo equipada con una piedra de esmeril en un mecanismo de pedal para afilar el machete, el filetero de carnicero o las tijeras de la señora que cose ajeno. Usaba su típico silbato anunciandose, para que las personas lo escucharan a lo lejos y dijeran “Es de buena suerte oír al afilador“. Llegamos a la conclusión que esa bici, saco adelante a su familia por 25 años y seguía trabajando, ¿será por casos como este, que nos decimos un pueblo bicicletero?
La imagen de tal artefacto la tengo asociada con un señor que lleva zapatos bostonianos polvosos, las agujetas desamarradas, una chamarrita café oscuro estilo David Silva, (Época de oro del cine mexicano) y un amarrado de periódico que dejaba ver el mango de un martillo salpicado de mezcla en la parrilla trasera junto con otras herramientas de albañilería.
Ahora, estos recuerdos regresan, pues lo que no pensé hacer antes ahora la delincuencia me obliga, para que no me hurten nuevamente la bicicleta que encadeno en cualquier acera, conseguí una austera bici de turismo, en el fondo sé que la probabilidad de que desaparezca es alta, ya que para alguien puede significar el sostén familiar, o el sostén del vicio; si desaparece lo lamentaré sin duda, por que este aparato no solo es un transporte, encontré dos virtudes que me hacen apreciarlo de verdad, la primera es, te permite volar, a buena velocidad te levantas del asiento, parado en los pedales, pierdes de vista el manubrio, y con el aire en la cara la sensación de vuelo, se da. La segunda es una conexión directa, no conocida aún, con el cerebro humano, por que mientras guías la bici, aun que sea vieja y de turismo, entiendes mejor el mundo.
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