Dentro de la histeria social generada por la situación desconcertante del país, de la gente enfurecida por su futuro pobre, de la retórica cínica de los mandatarios, palabrerías, charlatanerías, de la prostitución de aquello que denominábamos “verdad”, de las mismas falacias, de las batallas cruentas… Dentro de todo esto y más, ayer me tomé un tiempo y un respiro no contaminado, aire puro del espíritu creador humano. Hallé la belleza (difícil en estos tiempos), la acaricié y me envolví en ella cual niño en su cuna, y ¡Cómo no! Si la dulzura y el refinamiento estilístico de Chopin, la modernidad del francés Debussy y la inspiración nacionalista española de Isaac Albéniz descendieron para irrumpir con el ruido social y el pesimismo actual.
Fue una noche colmada de sonidos enaltecedores, desde estrepitosos truenos graves hasta mareas ligeras y suaves. Mis oídos aclamaban la elocuencia musical, pedían su sabiduría y su libertad. Hablamos con lo abstracto y bailamos según el compás armónico, melódico y rítmico. Alrededor, los espectadores, me reafirmaban esa hermosura, estuvimos por un momento en un mismo espacio más allá del físico. ¡Qué traviesa e inquieta es la música!
Esa fue la noche de ayer, mientras afuera decían que la recesión concluyó (falacia), que el mal manejo de la información, que la violencia continúa, que si Mouriño ahora es un héroe (¡pff, por favor!), que la Luz y Fuerza…. Yo sólo escuchaba con demencia, sin imágenes, ni recuerdos, sin razón, ni momentos una de las expresiones más grandes y puras del hombre, la música.
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