Armando y yo fuimos amigos y hermanos. Nos conocimos cuando estudiábamos Ciencias de la Comunicación en la UACH, en el campus de Ciudad Juárez. Él iba un año adelante, pero coincidimos en algunas materias y cuando un grupo de amigos iniciamos la publicación de la revista de literatura y comunicación Almargen. La hacíamos Rohry Benítez, Guadalupe de la Mora, Luis Enrique Gutiérrez Casas y un servidor, con ayuda de varios amigos, quienes escribían o participaban en el diseño, como Gloria Esther Soto, Javier Arroyo y Héctor Padilla, entre otros. Hablo de 1991. Él tenía inquietudes literarias, pero la necesidad de trabajar le obligaba a contener sus pretensiones. Trabajaba como camarógrafo en Canal 44, mientras que yo ejercía como reportero. Le gustaba escribir cuentos y relatos para evocar a su natal Camargo. Nos juntábamos casi a diario para tomar café, hablar de literatura y armar la revista.
También fuimos compañeros de casa y de departamento. Al menos rentamos tres espacios distintos en casi tres años, en compañía otro gran amigo, Raúl Alfredo Meza González. Con el tiempo, él entró a Canal 56, conde conoció a Blanca Martínez, su futura esposa y amor de su vida. La primera directiva del canal siempre le negó la oportunidad de trabajar como reportero, hasta que finalmente optó por emigrar a los medios impresos. Una decisión de sabios. A la distancia, no tengo empacho en decir que los entonces directivos de Televisa Chihuahua lo discriminaron por su color moreno.
Armando fue un padre responsable y un hombre honesto con un alto sentido de la ética, además de un gran amigo. Muchas veces hablamos de los riesgos del ejercicio periodístico. Siempre estuvimos de acuerdo en dignificar el oficio honrando el aprendizaje de amigos y maestros como Horacio Carrasco y Adriana Candia, en los años universitarios, y de Elías Montañez y de Ángel Otero Calderón, en los años que compartimos en El Diario.
Diversas circunstancias me obligaron a dejar Ciudad Juárez. Con los años, nos acostumbramos a vernos apenas un rato durante mis viajes del Distrito Federal a la frontera. Hablábamos de nuestros proyectos y familias. La última vez que platicamos fue después de la apertura de la Cafebrería S&L, un mes antes de ser víctima de homicidio. Armando quería escribir un libro. “Ya lo tengo en la cabeza”, me dijo. “Tengo las historias. Sólo necesito ponerme a escribirlas”.
Las diez balas que le dispararon el 13 de noviembre de 2008 también nos alcanzaron a muchos. Cuando asesinaron al doctor Víctor Manuel Oropeza en su consultorio, el 3 de julio de 1991, Armando me preguntó el porqué yo hablaba en un mitin para exigir justicia, o participaba en un ayuno colectivo en el Monumento a Juárez, si no había conocido personalmente al columnista del entonces Diario de Juárez. En esos días yo trabajaba en Norte, él era camarógrafo de Canal 44 y, junto con Raúl Meza González, rentábamos una casa en la colonia Hidalgo. Me preguntó lo mismo cuando mataron a cuchilladas al buen José Ramírez Puente, reportero de Radio Net, cuyo cadáver fue hallado el 28 de abril de 2000. “Es un tema de justicia”, le insistía.
El crimen perpetrado en contra de Armando Rodríguez es producto de la indolencia oficial de los tres órdenes de gobierno. Cada homicidio y delito impune genera el clima propicio para que impere la anarquía. El derecho de acceso a la justicia está en el limbo y se le niega a la víctima y a su familia.
La falta de justicia en su caso, como en el de miles de homicidios impunes que hay en Ciudad Juárez, exhibe los huecos en el marco jurídico y la simulación de las autoridades. Ha existido negligencia y omisión por parte del Ministerio Público Federal como por el del fuero común. Pero el problema no es de leyes ni de fueros, sino de voluntad política. Si voluntad política no terminará la impunidad ni la indolencia.
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