He dejado de imaginar la guerra

Dolores Dorantes

Dolores Dorantes 1973. Vive en Ciudad Juárez, Chihuahua. Escritora.

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Hace años que (presiento) vivimos una guerra mundial. El mundo completo está en guerra. Guerras que podrían denominarse como “diferentes” por lo que las motiva, pero que se unifican cuando analizamos sus fines: “el dinero elevado a un nivel espiritual” diría el Uruguayo Eduardo Milán (amigo de todos los niños). Seres humanos buscando tener “algo”. Vivir en alguna parte. Hace unos días en mi maravilloso paraíso romántico, volvieron a acribillar a un par de niños (¿no te habían informado, Calderón?): uno de diez años de edad y otro de catorce. Tiempo atrás, cuando pensaba en lo de la guerra mundial, imaginaba a jóvenes disparando contra sus objetivos, lanzando bombas, haciendo estallar trenes y cosas así. Ahora, cada vez que un niño muere en mi ciudad, y que una niña desaparece, me doy cuenta que he dejado de imaginar la guerra porque estoy en medio de la guerra. No sólo se trata de hombres disparando a otros hombres: son helicópteros sobrevolando mi casa a la una de la mañana, drogadictos sin droga atacando a los transeúntes, niños armados en contra de las gasolineras, un municipio en quiebra que arrebata el salario a sus habitantes; políticos, intelectuales y psicólogos que masacran a sus mujeres al frente de las instituciones, dando consejos por televisión. Niñas que ya no regresan de la escuela. Familias intocables que hacen callar a todos. Medios de comunicación desalmados. Empresarios ofertando mexicanos por volumen en subastas extranjeras. PEMEX vendiendo el gas en dólares en mi ciudad. Y en medio de todo eso y de, seguramente, algo que se me olvida, personas como tú y como yo. Niños como los tuyos o los míos. Los niños de mi ciudad son mis niños. Las fronteras de mi país son mi país. ¿No le parece, señor Presidente?


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