Qué necio eres, me han dicho quienes me conocen. Y dicen bien. Creo que me viene de familia, por ambas partes. Tengo elementos para probarlo. Frente a un problema doméstico, por ejemplo, papá suele escuchar con cierta atención las alternativas para solucionarlo, aunque al final opte por la vía que tenía en mente desde un principio, así sea la menos práctica. Mamá, de forma muy similar, difícilmente llega a pedir ayuda o consejo hasta que el trabajo o alguna preocupación le son ya inocultables.
Para completar el cuadro de quienes viven en la casa de usted, baste comentar que mi hermana se parece a papá y que la abuela heredó mucho de su carácter a mamá.
Aclaro: con las presentes confesiones no pretendo ni de lejos hacer una apología total de la necedad; en primera instancia únicamente señalo el origen de mi obstinación.
Es más, tan no es esto un intento por justificar toda mi tozudez que reconozco los numerosos errores a los que ésta me ha conducido. Lamentablemente, uno puede llegar a discutir por tonterías, andar en el engaño o privarse de otras visiones y experiencias por causas no distintas a la propia cerrazón. O sea, por necio.
Me ha pasado, por citar un caso, que mi afán de resolver contratiempos a mi manera —y sólo a mi manera— me ha impedido escuchar voces externas cuya posible utilidad termina demostrándose tarde o temprano. Cuando eso ocurre, claro está, me percato de mi equivocación una vez que esos consejos ya no son aprovechables.
Soy enemigo de dejarse guiar acríticamente por lo que los demás nos dicen. Somos seres libres precisamente para poder dirigir nuestros destinos. No obstante, considero que negarnos a prestar atención a los otros nomás porque sí lleva al aislamiento, a la intransigencia, a la falta de cualquier posibilidad de acuerdo. Y esa actitud no sólo tiene consecuencias en el ámbito privado, sino que con frecuencia impacta en nuestra vida pública.
Como ominosas pero evidentes muestras de lo mencionado ahí están las dificultades para acometer problemas comunes entre vecinos o en pequeñas comunidades, los obstáculos para organizar actividades laborales o sociales y, finalmente, nuestra incapacidad para generar un real e incluyente proyecto de nación. Esto último se ve tristemente retratado en ese falso espíritu negociador enarbolado por los líderes partidistas, en el diálogo de sordos que llega a entablarse en el Congreso de la Unión, o en los juegos de fuerzas que surgen entre autoridades de distintos niveles de gobierno y de los que la única segura perdedora es la ciudadanía.
Sin embargo, estoy convencido de que, aun con todos sus habituales e indeseables efectos, hay una variante de la necedad que resulta provechosa o, si se prefiere, un ámbito de la existencia en el que ésta trae beneficios.
Se trata de ese escalafón de nuestro entendimiento en el que ser obstinados nos permite, a pesar de la aparente falta de esperanza, no dejar de indignarnos frente a las atrocidades que suceden en el orbe; denunciar abusos de parte del Estado o de particulares, al igual que injusticias como el hambre, la pobreza o la desigualdad; gritar ante la indiferencia o el cinismo de los políticos; exigir acciones contra el crimen pero, más aún, un modelo que de veras permita el desarrollo de las personas en lo individual y con ello el avance del país; voltear a mirar al de al lado y decirle: “¡No podemos continuar así!”.
Para expresarlo en breve, de cara a los hechos que observamos o de los que nos enteramos todos los días, se necesita ser muy necio para pensar que este mundo tiene arreglo y, además, empeñarse de algún modo en encontrarlo.
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