“Como todos nuestros grandes escritores, nos denuncia sin énfasis y a la vez nos alcanza una llave para abrir las puertas del futuro y salir al aire libre,” escribe Julio Cortázar sobre Felisberto Hernández el escritor y pianista uruguayo del siglo pasado. “Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a ninguno: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un “irregular” que escapa a cualquier clasificación y encuadramiento pero se presenta a primera vista como inconfundible”, anuncia Italo Calvino en el prólogo de nadie encendía las lámparas.
Efectivamente, como prometía la portada, Felisberto me introdujo de inmediato en su extraño mundo, donde todo puede ocurrir, y donde la sensibilidad y el humor del escritor es tal, que estuve contenta de acompañarlo en su viaje hacia lo desconocido, a estar con él en la pieza penumbrosa donde dos viejitas lo han contratado para leer cuentos, o en el comedor rodeado de espejos donde sus ojos que pueden ver en la oscuridad se han vuelto luminosos, o convertido en un caballo que irrumpe la función de una maestra.
En su universo, los árboles nos acompañan a pasear, repitiéndose a lo largo de los pasos.
“–Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.”
A pesar de haber sido publicado en 1947, nadie encendía las lámparas, no ha perdido nada de su vigor, en el IX relato, que se titula Muebles El Canario, la Mueblería el Canario inyecta una “vacuna” en tus venas por medio de la cual transmite publicidad y tangos dentro de tu cabeza.
“⎯Espere unos momentos y empezará una novela de episodios.” le dice el de las inyecciones al narrador, quien ha preguntado cómo puede quitase esta publicad de su cabeza.
“⎯Horrible⎯ le dije.”
“⎯Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas “El Canario”. Si a usted no le gusta la transmisión se toma una de ellas y pronto.
⎯¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy a volverme loco!” contesta el narrador.
Pensé en todas las veces que he tenido “pegada” una cantaleta publicitaria, que toda la información inútil dando vueltas en mi cabeza no es tan distinta a la terrible inyección del Canario.
“Una mañana de verano yo tenía mucho pesimismo y pensaba en todos mis fracasos.” ¿No es esa una frase ideal para Facebook?
El reto del escritor es llegar a esa voz única, inconfundible, que además sea interesante o aporte, y el reto del lector es saberlas distinguir de entre las imitaciones, los panfletos publicitarios, las fórmulas y los espejos, que nos dicen sólo lo que queremos escuchar, sin que como el personaje de Hernández, tengamos ojos luminosos para penetrarlos.
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