Sin duda sentirse orgulloso es huella de la animalidad que yace bajo lo humano. Un hombre lleno de orgullo se asemeja a un palomo que gorjea en una plaza. Decir que se está orgulloso de algo o alguien no es otra cosa que aceptar que un ímpetu irracional colma de coraje soberbio y ciego la voluntad y la impulsa al engreimiento de creerse omnipotente. Así pues, no hay ser más bestia que un humano orgulloso. El otro día, por ejemplo, llegué a una pizzería acompañado de una chica: pedimos dos pizzas pequeñas y un litro y medio de moscato para acompañarlas. El mesero nos miró con cara de advertencia sobre nuestras desquiciadas peticiones y aseguró con la palabra que era demasiada comida y bebida para dos personas, así son los “mozos” argentinos. Le dije que no, que podíamos con todo. Y claro, después de la primera pizza llegó la segunda y mi acompañante no podía comer más ni beber tampoco. El mesero dejó el plato, vio la cara de la chica y me sugirió “te lo dije” con la mirada socarrona. “No piques el orgullo del prójimo”, tendría que rezar un mandamiento. Yo decidí cumplir la titánica y estúpida empresa de acabarme la pizza y el moscato. No logré lo primero. Con el vino, por más dulce que sea, siempre se puede. Pedí la cuenta y también que guardaran la mitad de la segunda pizza en una caja para llevar. No dejé propina, soy una bestia orgullosa, cruda y empachada.
2 comentarios
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De no ser por el orgullo, el ser humano estaría condenado a no ser feliz por sus hazañas, por pequeñas que éstas sean. Saludos.
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Ego,motor de la epopéya maravillosa de la humanidád,siempre que moderado por la autocrítica.Ergo,¨Bestia orgullosa¨.
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