Como dijera Daniel Sada, porque parece mentira la verdad nunca se sabe, así que llego a la cantina El Guanábano en el Parque del Periodista a conocer a un tipo que nació en el monte, en una vereda, que estudió lo menos posible pero en algún momento de su vida se volvió millonario vendiendo autopartes (su esposa es la feliz modelo de algunos de los cromos publicitarios de la empresa, de esos típicos que cuelgan en los talleres mecánicos) y sobre la mesa tiene la última novela de Santiago Gamboa porque un día decidió dejarlo todo para dedicarse a la literatura, mejor dicho, decidió enterrarse como empresario y renacer como escritor, literalmente: el cortejo fúnebre llegó a la expo-feria automotriz y colocó el ataúd frente al stand de Autopartes Tamayo, la esposa lloraba (la de los cromos), las hijas (que también aparecieron en otro cromo), la televisión consignó los sentimientos de los trabajadores y socios: “fue un patrón muy especial, muy humanitario”, decían, “siempre estuvo al pendiente de sus empleados”; “fue un socio inigualable, un industrial muy querido”.
Y después de un par de horas de conmoción, Gregorio Henríquez lo despertó (porque se había dormido Hugo Tamayo en su féretro) y a la puerta de la feria se levantó y dijo a la televisión que, efectivamente, había muerto Hugo Tamayo el empresario, que ese que veían ahora era escritor. Hubo esquelas, hubo todo, y ahora estamos tomando unas Club Colombia en El Guanábano y me pregunta que yo por qué escribo, que por qué vine a Medellín.
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