En 1909, un individuo llamado Filippo Tommaso Marinetti sacó a la luz el Manifiesto Futurista. Marinetti no supo que era el iniciador de una corriente que apuntaba al vanguardismo, entendido como la transgresión a los conceptos preestablecidos en torno al arte.
Probablemente su deseo era escandalizar y formar nuevos paradigmas. Y lo logró. Lo que no supo, fue que a partir de sus ideas “locas” el arte ya no sería igual, y que la misma sociedad se vería a sí misma desde una óptica más caleidoscópica, como los instrumentos que le gustaba usar para definir y mostrar la vertiginosidad de la vida moderna de su época, la cual estaba basada en el dinamismo maquinario y el frenético cambio de una vida lenta hacia una completamente fuera de control.
Marinetti y el resto de los futuristas lanzaron al mundo a un hijo: el arte por el arte hecho por un artista integral, a saber, que lo mismo fuera poeta que músico, pintor y dramaturgo. El cabaret era su plataforma ideal y gracias a ellos el concepto del performance nació y hasta la fecha subsiste como un mecanismo de integración de la visión artística personal y específica de cada creador. Después de su incursión en teatro, el público se redimensionaría al participar directamente con el artista, ya fuera lanzándoles verduras como respuesta a la agresión establecida primeramente por los creadores, o bien, apropiándose de la obra emergente –la cual no debía haber sido creada con mucho tiempo de antelación, pues se quitaba su valor estético, el cual radicaba en el dinamismo de la vida– al opinar, actuar, cantar o recitar en la misma.
Ídolos de la música de los ruidos, del movimiento expresado en la plástica de la escultura (para muestra tenemos al escultor Umberto Boccioni), y del cambio por el cambio en sí, incluyendo el aspecto político-social (los futuristas afirmaban que el arte no estaba para funcionar como un valor meramente estético, sino como un puente entre las acciones cotidianas del ser humano y la percepción del ser) los futuristas apostaron por la sicodelia de su tiempo y les resultó. Son los abuelos de los beats, padres de los estridentistas, primos hermanos de los dadaístas y los surrealistas. Lo que comenzó como algo escandaloso, nos regaló, en gran parte, la libertad de la que gozamos los creadores, menores o grandes, en esta época.
Valdría la pena emular su obra estableciendo nuevos paradigmas que interactúen certeramente con la vida que en estos momentos se nos presenta. El arte, efectivamente, es algo más que estética. Es la vida en sí.

















Compartir