Ah, la corrección

Juan José Rodríguez

Juan José Rodríguez (Mazatlán, Sinaloa, en 1970.  Su libro más reciente es  La Casa de las Lobas (Plaza y Janés 2005). Actualmente es director de la revista de la Universidad Autónoma de Sinaloa y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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Un fantasma recorre la ortografía, las conversaciones y las mesas de redacción de todo el mundo. El fantasma de lo políticamente correcto. Hablo de los términos cuya grafía ha sido cambiada a propuesta de nacionalidades, ciudades e instituciones que se sienten afectadas y ofendidas por la manera en que las escribimos nuestro idioma. China adoptó hace varios años la regla “Pin Yin” y su ejemplo ha cundido por el orbe. De pronto Pekín comenzó a llamarse Beijing y Mao Tse Tung se convirtió en Mao Zedong. Los sinólogos explican que en ningún momento cambiaron de nombre. Simplemente, hoy se escriben como se pronuncian. Algunos cambios obedecen a razones de sensibilidad. Los esquimales ya no quieren ser esquimales porque su nombre significa “comedores de carne cruda”. Ahora debemos llamarles “Inuit”. Por motivos parecidos, los jíbaros ahora son “shuar” y los lapones se llaman “sami”. A Rumania se le debe decir “Rumanía”. Zaire volvió a ser El Congo nomás cayó el dictador Mobutu, fallido ex compañero de guerilla del Che Guevara. Etiopía antes fue Abisinia y el emperador Haile Selassie, descendiente de Salomón y la Reina de Saba, invirtió años corrigiendo a los otros gobernantes la manera precisa de nombrar a su reino. Mejor ni hablemos de la desaparecida Birmania, hoy Myanmar, antes Burma. Los estadounidenses aplican el término afroamericanos, que por definición y no por uso, incluye a los emigrantes de países de África con población caucásica. Hay habitantes del Sahara y Sudáfrica más rubios que muchos americanos. ¿Acaso llegará el día en que “Los miserables” de Víctor Hugo será llamada “Los marginados” para no ofender a los parisinos del pasado? ¿Una generación futura, aquejada por una noción del respeto exacerbado, cambiará el nombre de “negritas”, en sus programas de escritura para no recibir demandas de quisquillosos usuarios? Estoy de acuerdo con el respeto a los demás, pero se me hace que para allá marchamos. Lo más triste es, que siguiendo los convencionalismos de hoy en día, será inevitable que ofenderemos a muchos sin darnos cuenta. A lo mejor, la verdadera diferencia radica en el tono con que pronunciamos las palabras y mencionamos a las cosas. ¿Será?


3 comentarios

  1. Jessica Lugo agrega este comentario | Permalink

    Claro que estamos cayendo en la exageración: personas con capacidades diferentes (¿qué no TODOS tenemos capacidades diferentes?), sexoservidoras (¿no cobran o cómo?), adultos en plenitud (¿en una sociedad que privilegia la juventud?). Por Dios, ahora resulta que nos ofendemos de las palabras correctas, pero aún no encuentro a nadie que se enoje porque sus amigos le digan cabrón o güey.
    Lo “políticamente correcto” me obligará a decirle a mi compañero de clases “Afroamericano” cuando ni es descendiente de africanos ni vive en Estados Unidos.
    No recuerdo qué escritor dijo que si tienes que decir algo con una palabra, hazlo cn una, y si tienes que decirlo con 20, hazlo con 20.
    El temor a las palabras sólo refleja el temor que tenemos de nosotros mismos y a los otros.

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  2. FABIAN agrega este comentario | Permalink

    YA ES SUFICIENTE LA EXCLAVITUD QUE TENEMOS CON LOS MODALES,HORARIOS,REGLAS GRAMATICALES,

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  3. Mar agrega este comentario | Permalink

    Estoy completamente de acuerdo contigo y con Jessica: las palabras se hicieron para definir ideas, no para ofender. Depende ya del que las escuche -y de su susceptibilidad-si se siente bien o mal. Eso de mezclar derechos y política internacional con definiciones, pues como que no hace buen “maridaje”.

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