La Condesa que no es la de Ebrard

Gabriela Rentería

Estudió Letras Latinoamericanas en la Universidad Iberoamericana. Fue editora del suplemento gastronómico A la Mesa. Colabora en Día Siete coordinando los Premios de Fotografía y Letras, así como con diversos artículos relacionados con vinos y gastronomía.

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Por lo menos una vez al mes, desde hace ya varios, varios meses, llega un equipo de “jardineros”, “podadores” en una camioneta del Gobierno del DF al Parque México. ¿Su misión? Cambiar los muchos metros cuadrados de plantas sembradas, o pasto, o hierba, por otros nuevos. ¿La razón? Embellecer, supongo, el entorno en el que se mueve su jefe mayor. Las plantas, pasto o lo que sea que siembran, se secan o mueren pronto y regresan con otro cargamento verde para, en unas horas, dejar todo mejor que antes. Uno no puede, es imposible, dejar de pensar en la inversión, innecesaria, irrelevante que eso equivale. Pero, no, no hay que pensar en eso, la idea es hacer de este parque, de las calles que lo rodean, un paraíso parisino para que el regente de esta ciudad imagine cuando llega a casa que todo está en orden. Quizá sea eso. Pero, a poco más de diez cuadras del Parque México, en la periferia de la Colonia Condesa, en la calle Zamora y sus alrededores, el barrio es muy diferente. En extremo quizá. Las vecindades que son el estilo que define toda la zona, lucen destruidas; la luz es escasa en las calles aledañas, del asfalto ni qué decir. Los asaltos ocurren más frecuentemente de lo que uno desearía y el robo de autopartes es con lo que uno tiene que lidiar si vive en la zona y lo espera un carro fuera de casa. Pero, es la Condesa ¿o no?, sigue llamándose, siendo uno de los barrios más solicitados actualmente de la Ciudad de México.

Lo peor, lo que da una idea de la dimensión, del abismo que separa a la Condesa I de la Condesa II está en los montones de basura que se aglomeran en las esquinas, el servicio de basura es tan deficiente que la gente (sobre todo la que trabaja todo el día) no tiene otra más que salir en la noche a dejar sus bolsas negras en un rincón, con la esperanza (nunca certeza) de que habrá un camión que pase a recogerlas.

Hace unas semanas llegó a mis manos un volante que advertía a los vecinos sobre una supuesta plaga de roedores que acecha la zona. Y, sí, quizá ahora veremos muchos gatos merodeando la zona, quizá no hay nada que temer y sólo sean exageraciones, pero el hecho es que no podemos hacernos los ciegos. Este ejemplo se puede dimensionar a cualquiera parte del país. Porque es el mismo gobernante que no puede ni quiere ver más allá de su nariz. Aquí son sólo diez, quince cuadras. Yo no quiero imaginar lo que pasa cuando el hombre que vive en Los Pinos piensa en los estados del norte del país, lo que pasaría si el que hoy tiene un mega departamento en La Condesa y regenta esta ciudad llegara ahí.

Más allá de las quejas, lamentos y corajes esas calles, las ahora olvidadas, conservan un algo que sólo se puede entender si se vive y se camina en ellas, creo que es ahí dónde reside todavía el alma de la colonia, no en la otra Condesa llena de emigrados que van de paso. Por eso y no por otra cosa es terrible ver cómo día a día se van apagando (y no sólo por el decadente alumbrado público).


1 comentario

  1. Cristina Mora agrega este comentario | Permalink

    POR QUE EL UNIVERSAL NO PUBLICA ALGO DE LCONDESA LLENA DE DROGADICTOS Y BASURA PORQUE UNOS AMIGOS NOS ORGANIZAMOS NOS CANSAMOS DE QUEJARNOS HASTA PEGAMOS CARTELES, PERO NADIE NOS HACE CASO Y NADIE PUBLICA. MARCELO ESCUCHA

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