El problema más grave en nuestra vida pública es la ausencia de representación política. El sistema de partidos ha perdido todo sentido y los políticos, es decir, nuestros sirvientes y supuestos veladores del bien común, no tienen más preocupaciones que obtener poder, hacer carrera y obedecer a sus jefes (no a los ciudadanos, sino a otros como ellos, sólo que más encumbrados). Los empresarios, por su parte, se dedican a la acumulación de bienes, el crecimiento de sus negocios y, en contubernio con los políticos, gozan de privilegios inmensos: carecen de visión humanitaria y ecológica, no conocen su país a fondo y habitan en un feudo rodeado por una sociedad miserable. No tiene ningún caso que se hagan reformas si los beneficiados serán siempre los mismos, y los pobres continuarán siendo pobres. Las décadas se suceden y las diferencias económicas y sociales se agigantan. Pero lo más grave es que al ponerse en entredicho y destruirse la representación política, los ciudadanos viven ya desde hace tiempo una orfandad civil que los deja a expensas de la delincuencia empresarial y en general del crimen organizado. Los partidos no son ya la vía para formar una democracia plena y ninguna solución real puede provenir de su parte: son un obstáculo para un vida en verdad civilizada. La tendencia socialista no está de ningún modo representada en los partidos, ni tampoco los cambios en beneficio de un país pueden provenir de un mesías o de un líder carismático. Sólo partiendo de una nueva ética social que prescinda de los políticos y presione desde abajo para lograr cambios en beneficio de una vida menos miserable, es posible pensar en un futuro. Estamos trabajando en ello.
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