El gran “Mantequilla Nápoles”, boxeador de pies ágiles y boxeo elegante, no resistió al canto de las sirenas, se bebió su dinero y terminó liderando una banda de música cubana en tugurios de Cd. Juárez. Rubén “El Púas” Olivares, ídolo de ídolos, dilapidó una fortuna ganada con sus temibles brazos en mujeres y alcohol. Ellos, héroes de barriada, probaron la Gloria y ésta en los vapores de alguna mala cruda los abandonó. Ellos fueron auténticos ídolos del pueblo pero también, al fin gente humilde y sin educación, no supieron hasta donde retar al destino.
Gente idolatrada por la banda intelectual también ha terminado mal. Carlos Castaneda, gurú de la pachequez y la búsqueda del nahual interior terminó vendiendo videos de aeróbics que él llamó Tensegridad. Jodorowsky, gran cineasta, prueba de que la idea es mejor que el presupuesto, lee el Tarot en un cafetín de París bajo la premisa de su técnica de sanación espiritual llamada sicomagía.
La esperanza de millones de mexicanos, el Pepe “El Toro” de la polaca nacional, que aunque nunca tuvo ideas, supo encauzar el malestar del pueblo bueno y áreas afines y algunos Popes de la intelectualidá mexica sobre los excesos de otro botarate llamado Fox y su siniestra pareja. El “Peje”, personaje que abandonó la esfera de la política real para engrosar los tablaos de las comedias de opereta, el tlatoani rodeado de hijos y ahijados del innombrable, él que fue tormenta, él que fue tornado y ahora es un volcán apagado, tiró por la borda la simpatía y el apoyo de millones de buenos mexicanos por una inexplicable terquedad. Ser el guía de este pueblo ya, hoy, nada de hacerle al Cuauhtémoc y repetir hasta en tres ocasiones ser el candidato divino.
Me queda en la memoria de esta semana la imagen de AMLO, afuera de la Torre del Caballito, con la mirada perdida en lontananza, oteando horizontes, divisando privatizadores molinos de viento, mientras espera a que sea atendida su petición de audiencia. Pobre, pobre él y pobres los que en algún momento depositaron su fe en él.
1 comentario
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En lo único que coincido con Fabela, es que el Peje, igual que Don Quijote, ven molinos de viento y los creen gigantes que hay que combatir. Ésos son rasgos, en el Peje y en Don Quijote, de una lucidez distinta que los “cuerdos” difícilmente pueden comprender. A veces es más difícil sumar dos más dos y saber que dan cuatro, que no querer hacer la suma para no saber el resultado. Estamos totalmente condicionados a la conformidad con lo que diga “paá” gobierno, que un caso insólito nos resulta repugante,por más bienintencionado que sea. Tal vez habrá que pensar que el verdadero interés del Peje no es todo lo que sus críticos le dice que ya perdió.
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