Con mucha frecuencia me han preguntado sobre el saber filosófico, “¿Qué es la filosofía?”, me dicen, “¿A qué se dedica un filósofo? O ¿De qué vive uno? Y hay ocasiones que mal intencionadamente sólo llegan a juzgarme con expresiones como: “Esos no hacen nada, se la pasan fumándose un churro”, “se mueren de hambre”, o “piensan en la inmortalidad del cangrejo”, a lo cual a estos últimos les respondo con cierta ironía que para eso vivimos, para disfrutar la vida. Contestan afirmativamente y se ríen sin entender la intención de mi respuesta.
Sucede que con aquellos curiosos que verdaderamente desean conocer dicha profesión, no sólo me regocijo por su atrevimiento a preguntar, sino que detengo el tiempo y apasionadamente les comparto dicho saber. Y es que la filosofía comienza precisamente con la duda.
Primero les menciono que el filósofo es un curioso de la vida, supone que nacemos como una hoja en blanco sin conocimientos, ni vivencias, ya que no hay ideas innatas, por lo que tenemos que llenar ese papel a lo largo de la vida con nuestro saber. No hay nada en el entendimiento humano que no haya pasado antes por los sentidos, por eso la experiencia es la base, después surge el razonamiento en donde se procesa lo sentido.
Están conscientes de lo que pasa con uno mismo, con el exterior o con alguien superior, Hombre, Mundo y Dios, respectivamente. Aparece la incertidumbre y quieren llegar al fundamento o al origen para esclarecer todo esto. He aquí el primer paso de la filosofía, el cual no es más que un reconocimiento humilde de la ignorancia del humano.
Lo que buscan es la causa, tratan de llegar a la objetividad, o más bien quieren volver a encontrarse con ésta (hay veces que la misma cultura o la tradición tergiversan el verdadero significado de las cosas); formulan preguntas, critican, analizan, sintetizan, vuelven a formular preguntas, critican… así hasta que encuentran soluciones, no absolutas, ¡somos humanos!, pero sí que vayan conforme la realidad, coherencia y la racionalidad.
La filosofía puede involucrarse con muchas ramas del conocimiento, desde las científicas hasta las humanísticas-artísticas. Su objeto del saber es todo, puede preguntarse desde la existencia de Dios hasta la mejor forma de gobierno de una nación.
En la actualidad el campo de un filósofo profesionista tiende a ser un poco difícil, ya que la ideología postmoderna considera únicamente el pragmatismo, la utilidad y la eficiencia como una medida para la verdad y el conocimiento, cuando también es necesaria la reflexión y la contemplación: teoría y praxis. “No hay tiempo”, dice la postmodernidad, si te dedicas a pensar, analizar, a ser crítico (no criticón) no estás siendo eficiente y sólo pierdes la ocasión. No preguntes, las respuestas ya están dadas, la ciencia se ha encargado de proporcionarlas.
En el conocimiento científico pasa que 2 + 2 =4, no hay otra respuesta, es A o B, (por decirlo de manera burda) no obstante en la filosofía principalmente hablamos del hombre: desde lo material hasta lo espiritual, de sus ideologías, creencias, pensamientos, pasiones, etc. El humano no es perfecto, ni absoluto, no puede ser rigurosamente A o B.
Es frágil, vulnerable, incompleto, cambiante. ¡He aquí la complejidad y lo interesante que somos! Por tal motivo no se pueden desechar muchas teorías de pensadores que han pasado por la historia de la humanidad.
Se sigue estudiando a Platón, Aristóteles, así como a Descartes, Locke, Hobbes, Kant, Hegel, Heidegger, entre muchos otros. Se leen sus textos para tener bases, reformularlos y aplicarlos a la realidad. La filosofía no caduca.
Pese a esto los campos laborales actuales de los filósofos se encuentran en la educación, investigación, medios de comunicación, publicación, difusión cultural, incluso en empresas. ¡No, no se mueren de hambre!, a menos que ellos mismos lo permitieran. Tal vez lleguen a ser inadaptados sociales pero eso no les quita el sueño, saben que su vocación es interpretar y transformar el mundo.
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