Lo admito: de mi colonia fuimos los únicos que no pedíamos “Jalogüín”. Mamá no lo permitió. Papá tampoco. Eso te va creando una idea de identidad: los niños, acostumbrados a seguir los estándares sociales del momento, pronto nos ubicaron como los “disidentes de la infancia”. Con el tiempo nos fuimos quitando los resentimientos breves que esta marginación nos regalaba, pues entendimos que no hay nada mejor que ser uno mismo, acaso compartir las costumbres de tu propia comunidad, de tu propio país. Andar de “pediche” teniendo comida en casa era, además, de mala educación. Y si a eso le agregamos que los disfraces demeritan la cuestión sacra de la muerte (visto como una transición natural en el ser humano), pues queda muy claro que esa costumbre más que ser inocua, resulta perniciosa para los mexicanos. Por lo tanto, esas son importaciones sin importancia (aunque suene cacofónico, me da igual).
Conjurar a brujas y espantos en una noche oscura –se dice que en la tradición Celta aquello tiene connotaciones espectrales de intensidad considerable, por lo que jugar a decir palabras como Abracadabra y similares puede ser nocivo para los ingenuos del resto del mundo– es demasiado en un país lleno de espantos (léase las desapariciones de Secretarías como la de la Función Pública –el único fiscal/contralor/vigilante que el gobierno federal tenía para frenar sus impetuosas estrategias contra el narcotráfico, o la reciente extinción de la Compañía de Luz y Fuerza en el centro del país –¿acaso esperan que los estados norteños demos MÁS dinero para subsidiar lo que los habitantes de los estados centrales no podrán pagar, dada la tarifa general de salario mínimo en esa zona y por la capacidad adquisitiva que se maneja en el lugar?–, o esa manía de darnos con todo con un virus que afecta a una nación entera) y de brujas (¿debo mencionar a Elba Esther y secuaces?), seres amorfos y amorales y sin amor propio ni ajeno que buscan la eternidad en dioses pequeñitos.
Me gustaría que esta vez la gente saliera y, en vez de pedir “dulce o travesura”, tomara la iniciativa de regalar alimentos en las zonas marginadas, juguetes para los niños, un poco de nacionalismo bien dosificado y encauzado, por favor: el nacionalismo es nocivo cuando se trata de hablar de fraternidad humana, pero es imperante en tiempos de crisis, cuando unos pobres se vuelven paupérrimos y unos cuantos aún tienen la capacidad de regalar algo que les sobra. Hacer de eso una práctica común, continua: si el gobierno no puede, que salgan las manos. Ya luego platicamos de la caridad navideña.
Todo esto lo digo por el entorno en el que vivo. Mi estado pertenece a la franja norteña y, como es de esperarse, estamos infestados de costumbres estadounidenses. No sé si aún en estados como Jalisco (donde yo viví) la costumbre de la noche de brujas esté casi prohibida entre la gente, pero de no ser así, sería bueno actuar antes de tener noticias alarmantes, todas ellas relacionadas con la violencia por hambre sumada a la violencia que engendra este tipo de costumbres.
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